






Ko era un niño que adoraba las naranjas más que a nada en el mundo, pero no cualquier naranja. Tenían que ser del árbol de al lado. Ninguna otra naranja sabía tan bien ni lo hacía tan feliz. Fragantes, dulces, deliciosas: Ko amaba por completo todo lo relacionado con esas naranjas cultivadas en casa.
Excepto por una cosa: el verdadero dueño del naranjo. Ese niño, el que tenía el nombre tan genial como el de Ko. Todos lo llamaban “Ko Dos”, como era costumbre cuando dos personas compartían el mismo nombre. Y así, Ko se convirtió naturalmente en “Ko Uno”. Pero la similitud terminó con sus nombres. Sus personalidades eran completamente opuestas, como si el cielo hubiera enviado a un ser celestial magistral para castigar a un pequeño y travieso demonio naranja.
A medida que se desarrollaba la historia de los dos Kos, crecieron, tanto en cuerpo como en los sentimientos que se formaban silenciosamente en sus corazones